Caída de Hoja. Capítulo II: Lo que había al otro lado o Bienvenido a Autmlard

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Continuamos el relato de Caída de hoja, en su segundo capítulo. Esperamos que os guste.

 

Capítulo II:
Lo que había al otro lado
o
Bienvenido a Autmlard

 

¿Dónde estaba? Salí del callejón y lo primero que llamó mi atención fué la luz, había demasiada luz. Cuando entré en aquella callejuela era ya noche cerrada y al salir apenas estaba atardeciendo. Un color rojizo inundaba el cielo, parecido al tono cobrizo que acompaña las tardes de finales de otoño. Me sorprendí a mí mismo frotándome los brazos debido al frío. ¡Imposible! ¿En pleno verano? ¿Qué estaba ocurriendo? Si apenas hacía cinco minutos estaba sudando debido al insoportable calor…

Avancé un poco para ver lo que tenía ante mí. Me encontraba en un cruce de dos caminos delicadamente empedrados. Parecía que hubieran tallado uno a uno cada adoquín y que se hubieran tomado todo el tiempo necesario para dejarlos perfectamente rectos. Cada calle tenía una particularidad, la principal y más ancha estaba cercada por ambos lados con bordillos de gran tamaño y justo detrás de ellos crecían inmensos árboles. Formaban éstos un conjunto tan perfecto con los bordillos que parecía que hubieran sido puestos a la vez. Era tal su longitud que miré hacia ambos lados y no alcancé a ver el fin. Respecto al camino perpendicular que arrancaba del mismo callejón e iba en sentido contrario, estaba igualmente adoquinado, pero éste iba en pendiente ascendente hacia un gran tumulto de casas y árboles. Las grandes copas de éstos no me permitieron vislumbrar el final.

Extrañado me di la vuelta para coger la moto y volver a atravesar el callejón por el que había entrado. “Lo mejor será dar media vuelta y salir de aquí cuanto antes”, pensé.  Me llevé una gran sorpresa cuando descubrí que al final, donde tendría que estar la salida, había un muro de piedra húmedo y toneles apilados. Era un muro muy alto y bastante viejo, así como los toneles, que eran tan grandes que una sola persona no podría moverlos si estuvieran llenos. Fuera lo que fuese, tenían pinta de llevar allí mucho tiempo. ¡Estaba atrapado allí! Sorprendido por la situación en la que me encontraba, decidí dejar la moto apoyada en la pared entre varios toneles y pensé que lo mejor sería salir de allí para pedir ayuda.

Aún asustado y confundido, tomé el camino que se dirigía a la ciudad. Según iba subiendo la cuesta adoquinada, me acercaba poco a poco a aquellas extrañas casas que formaban lo que no puedo calificar más que como una extraña ciudad, una ciudad de otro tiempo y de otro lugar. Al pasar los primeros árboles pude comprobar que el acceso a la ciudad no se realizaba a través de una puerta de piedra como era habitual en ciudades medievales, sino que estaba formada por la raíz de un árbol que crecía desde el lado derecho, formaba una curva y volvía a enterrarse para volver a salir como un gran tronco en el lado izquierdo. Esta imagen me dejó boquiabierto, pero sólo era el inicio.

Al cruzar bajo el arco tuve la sensación de que la altura no correspondía a la que debía ser para alguien como yo, ya que con un poco de agilidad y dando un pequeño salto podría llegar perfectamente a tocar con los dedos la corteza de la raíz que había sobre mi cabeza.  Al dejar atrás el paso de acceso observaba sorprendido que toda la ciudad estaba formada por grandes árboles, pero no sólo eso, entre las formas tan variopintas que creaban las ramas se podían ver construcciones de piedra formando fachadas de viviendas, con pequeñas ventanas y puertas incrustadas en la misma madera del árbol. Lo que más me llamó la atención era que además en muchos de esos árboles se podían ver tanto puertas de acceso como ventanas a varias alturas. Era como si los propios árboles formaran parte de las casas, o como si las casas estuvieran dentro de los árboles. Además muchos de los accesos a las casas que se encontraban en la parte más alta aprovechaban las ramas de esos árboles como caminos de acceso. Era increíble como habían logrado que los elementos vegetales fueran parte de la vivienda y que las viviendas se adaptaran a los árboles. Era algo que nunca había visto.

Comencé a subir por una calle escalonada, pero incluso los escalones eran extraños allí. Eran tan bajos y estaban tan juntos que apenas era posible subirlos de uno en uno sin riesgo de partirse la crisma. ¿Qué sentido podría tener hacer unos peldaños tan diminutos? Comencé a subirlos de dos en dos mientras observaba las pequeñas ventanas de las casas por las que pasaba. Pronto llamó mi atención que todas poseían visillos que no permitían ver el interior. Además en casi todas las puertas podía ver colgado en el umbral una especie de pequeña lámpara en cuyo interior había carbón encendido que hacían que el ambiente estuviera impregnado del balsámico olor a castañas asadas.

Durante todo mi recorrido no pude ver ni una sola persona, animal, o medio de transporte, tampoco semáforos o alumbrado público. Era extraño, ya que empezaba a anochecer y apenas las luces de las lámparas y las ventanas de aquellas extrañas casas iluminaban las calles. En ese preciso momento me dí cuenta de otra cosa bastante extraña: el silencio que inundaba aquellas calles era sepulcral. Era como si nadie viviera allí. Desde luego, aunque aún no me había encontrado con nadie, estaba claro que alguien debía mantener aquellas extrañas lámparas de castañas y además había luces tras algunas ventanas. ¿Se estaban escondiendo de algo?

Escrito por Miguel y Doors
Dibujado por Doors
Basada en una idea original de Doors

 

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